Hay una escena muy distante, en el postrer momento de la eternidad.
Una puerta se abre en los cielos.
Una luz comienza a descender: esa luz es una ciudad: la nueva Jerusalén.
En ella la multitud de los redimidos ofrece jubilosa alabanza al Señor y Salvador
El cual está resplandeciente en el centro de todo.
Esa alabanza llena la bóveda de ese nuevo cielo y esa nueva tierra,
El resplandor aumenta y llega a ser uno solo, esa luz se convierte una figura.
De pie delante del él está la desposada del Cordero.
Vestida de pureza y santidad.
Irradia una majestad, una grandeza y una exaltada hermosura .
De repente aparece una gloria aún mayor.
Es el Rey.
La gloria del resplandor de Dios sumerge y consume todo lo demás
Surge un grito de júbilo desde su interior.
Nunca más Solo
El ha venido a ser otra vez el Todo.
No, El ha llegado a ser el Todo en Todo.

